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Colombia emulando a Marco Polo

Colombia emulando a Marco Polo

Un camino arduo hasta llegar al triunfal 2001, aunque nada más arduo que el bautismo en Chile 1945.

22 de marzo 2021 , 12:22 a. m.

Si el fútbol colombiano emitiera moneda propia, los billetes de diez mil tendrían la efigie de Pacho Maturana. Tuvo que ser él quien rompiera la virginidad del fútbol colombiano en Copa América en 2001. Ya había hecho patria ganando la primera Libertadores para el país con Atlético Nacional. Le dio un estilo definido de fútbol, o mejor que eso, un placer estético por el juego, el cual comulga con el sentir del futbolista cafetero.

También es el padre del 5 a 0 y de dos clasificaciones mundialistas después de veintiocho años de mirar mundiales por televisión. Y, quizás sin pretenderlo, transformó el modelo de negocio de la actividad: Colombia pasó de ser un mercado netamente importador a una fuente exportadora que en pocos años se ubicó detrás de Argentina, Brasil y Uruguay, y por encima de los demás medios sudamericanos. Demasiado currículum para un solo hombre. Son datos de la realidad, lo demás es conversable.

Fue un camino arduo hasta llegar a ese triunfal 2001, aunque nada más arduo que aquel bautismo en Chile 1945. Allí arrancó la saga colombiana en la Copa América, escribiendo uno de los capítulos más románticos y asombrosos de los que se tenga noticia en cualquier torneo de fútbol del mundo: el de su viaje, peripécico, iniciado en Barranquilla a fines de 1944 y culminado en Santiago veinticinco días después, el 12 de enero de 1945. Odisea digna de Marco Polo en su trayecto entre Venecia y la China hace siete siglos. Si aquella fue la Ruta de la Seda, esta fue la del cuero. ¡Veinticinco días viajando en avión, barco, tren, buses, camiones y hasta de a pie para llegar a jugar un campeonato y plantar la bandera nacional entre los demás pabellones que flameaban desde mucho antes en el proscenio futbolístico…! Que no haya un libro recogiendo los testimonios de aquellos viajeros al Sudamericano es un crimen de lesa literatura, un desamor. Semejante aventura merecía una obra.

La Copa América tiene copiosas historias de periplos tortuosos de delegaciones en aquellas primeras décadas del siglo anterior. El barco era el transporte estrella en 1916, cuando el certamen vio la luz. También se hacían largos trayectos por tierra. Ecuador llegó a Uruguay en 1942 bajando en un buque hasta Valparaíso, luego en bus a Santiago, en tren a Mendoza y Buenos Aires y finalmente por vía fluvial a Montevideo. Pero todo cuadró. En cambio, la selección Chilena, tras disputar la Copa de 1919 en Río de Janeiro, quedó casi tres meses varada en Argentina por las fuertes nevadas que bloquearon el paso internacional. ¡Y debió cruzar la frontera en mula…! Un cronista de la época escribió: “El equipo chileno cruza la cordillera en una mula”, y la gente, apenada, comentó: “¡Pobre mula!”. En verdad alquilaron veintidós animales para atravesar los Andes.

Hay otros episodios. ¡Pero aquello de Colombia… Gabo se lo perdió!, nunca se lo contaron; si no, era otro 'Cien años de soledad'. Justamente en el aeropuerto de Soledad comenzó la historia. “El viaje estaba perfectamente planeado —cuenta el entrañable Juan Manuel Uribe Londoño, historiador antioqueño y amigo de fierro—. El grupo viajó el 19 de diciembre por avión desde Barranquilla a Cali vía Avianca, y desde allí hicieron el tramo a Buenaventura en tren, pero al llegar al puerto se encontraron con que el vapor de la Grace había partido un día antes y el próximo no venía sino en semanas”.

Allí empezó la disyuntiva: ¿seguimos o nos quedamos…? La respuesta fue siempre la misma: seguimos. Juan Manuel logró hablar con el mítico Roberto Meléndez, delantero y a la vez director técnico del conjunto, antes de su muerte. “Ese viaje a Chile fue una novela, por tren, carretera, barco. Llegamos cuando el torneo ya empezaba y nos recibieron a participar. Sabíamos que nada teníamos qué hacer ante Argentina, Uruguay, Brasil, Perú (no estuvo), Chile, pero celebramos el trofeo de los chicos como si hubiéramos ganado la Copa… Recuerdo cómo nos recibían en las casas, dormíamos en la sala y a veces nos prestaban las camas. Nos daban comida y hasta plata nos dieron. La hospitalidad de la gente no la olvido… ¡Uy…! recorrimos pueblos que ni recuerdo el nombre… Hicimos trayectos a pie con las maletas al hombro…”.

El viaje original era ir de Buenaventura a Valparaíso y ya. Pero el imprevisto alteró todas las previsiones. El mismo 19 pegaron la vuelta a Cali. Y el 20, vía terrestre, partieron: Cali-Popayán-Pasto-Quito y luego por tren a Guayaquil, donde transbordarían por mar. Carreteras buenas y malas, buses y vehículos, lo que fueron encontrando. Y partes caminando, pues el camión que los llevaba a Quito se averió unos cinco kilómetros antes; la Selección Colombia llegó a la capital cargando valijas y bultos. El tren de Quito a Guayaquil supuso un alivio, pero en el puerto ecuatoriano los esperaba otra dura noticia: no había vapor que los condujera a Valparaíso. Otra vez: ¿seguimos o nos quedamos…? Seguimos.

Así continuaron ese Gólgota desandando el camino por tierra a Lima en los medios que encontraron. Pasaron la Navidad de pueblo en pueblo y llegaron a Lima el último día del año. El centenario diario 'El Mercurio', de Chile, relató con detalles la travesía, increíble incluso para aquel año 1945: “Los deportistas peruanos se dieron cuenta de la odisea de los colombianos y los colmaron de atenciones. Un día que jugaba Racing en el estadio Nacional de Lima, los colombianos recibieron una clamorosa ovación no solo por su nacionalidad y su calidad de huéspedes, sino por la forma valiente como habían soportado todas las penurias del accidentado viaje… El presidente peruano (Manuel) Prado, con todo cariño e interés, hizo una gestión para que un pequeño barco que transporta azúcar los admitiera como pasajeros y los trajera a Chile. Y en ese barquichuelo con solo dos camarotes y racionando el sueño y el descanso, los colombianos llegaron a nuestro primer puerto y luego a Santiago…”.

Hubo un costado político en tanto afán: la Adefútbol, con sede en Barranquilla y reconocida por la Conmebol y la Fifa, estaba amenazada por la otra asociación surgida en Medellín, que acusó a la primera de no haber intentado siquiera participar de las Copas América de 1937, 1939, 1941 y 1942. Colombia era uno de los dos miembros que nunca había competido en tan importante certamen. Apurada, Adefútbol hizo lo imposible para llegar al torneo. La orden para Eduardo De Castro, al frente de la comitiva, era capear ventiscas o temporales, pero llegar a Santiago y jugar. ¡Y llegaron…! Para que pudiera descansar, los organizadores tuvieron el gesto de retrasar la presentación de Colombia, que debía ser frente a Argentina, y se estrenó nueve días después del arribo cayendo ante Brasil 3 a 0. “No tenemos pretensiones, más allá del debut en el campeonato sudamericano y, con la experiencia, vigorizar el desarrollo del fútbol colombiano. Mi equipo es modesto, extraordinariamente animoso y con deseos de jugar con los grandes del continente”, comentó Meléndez en una nota publicada en EL TIEMPO.

Luego llegaron otras derrotas ante Uruguay (0-7), Chile (0-2), Argentina (1-9) y, tras esta dura caída, un alegrón que se festejó como un título: el primer triunfo oficial a nivel continental, 3 a 1 sobre Ecuador con goles de Luis González Rubio, Roberto Gámez y Fulgencio Berdugo. La despedida fue un 3-3 con Bolivia y a casa, con la satisfacción de misión cumplida.

Pasaron setenta y seis años, pero no hay olvido para semejante epopeya.

JORGE BARRAZA

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